Lo que poseemos nos define. Puede que ésta sea una afirmación desafortunada en su grandilocuencia, así que maticemos. Lo que poseemos puede influir en cómo nos definen los demás. Nuestra casa, nuestra ropa, nuestra colección de discos y libros… Estos elementos dejan tras de sí un reguero de información que dice mucho de nosotros, una información que generalmente está escondida de miradas ajenas -no solemos sacar nuestras pertenencias a la calle- pero que en ciertos casos queda expuesta para que el resto del mundo saque conclusiones. Esto sucede por ejemplo con la ropa -no en vano la mayoría de tribus urbanas se construyen a base de indumentaria- y con los coches. Mucho se ha teorizado ya con la primera categoría, así que centrémonos en la segunda, los coches, y en lo que proclaman estos de sus conductores.

Los hombres solteros conducen deportivos, las mujeres jóvenes coches de estética retro y los cuarentones apuestan por todoterrenos, a menos que sean padres de familia, en cuyo caso se decantan por una ranchera, que viene a ser un todoterreno descafeinado. Asociamos ciertos coches a ciertas personas basándonos, principalmente, en prejuicios, pero hay algo de verdad en ellos. A fin de cuentas, un coche es un objeto inanimado y la personalidad que le atribuimos viene, en gran medida, condicionada por la publicidad, por cómo quiere el fabricante que lo percibamos, por a quién quiere, a fin de cuentas, dirigirse como potencial comprador. Centrémonos por tanto en el marketing de cada coche y tendremos una idea aproximada de quién acabará conduciéndolo.

¿Te gusta conducir? Pues nada de coches de alta gama, lo tuyo es una furgoneta. La creencia popular lo asegura y varios estudios lo corroboran. Los dueños de furgonetas son personas sociables (tanto espacio se tiene que llenar con algo) y viajeras. Incluso en temas de certeza tan dudosa como éste en el que nos adentramos existen premisas con cierta lógica. Un Porsche dirá algo muy concreto sobre la economía de su dueño, algo más difuso sobre su espíritu aventurero y su amor por la velocidad y algo, quizá matizable, sobre su gusto por lo ostentoso. Para hacer una de las afirmaciones más polémicas, como el reclamo sexual que produce en sus dueños y por tanto, su fama de ligones empedernidos, podemos tirar de estudios, como el que realiza anualmente J.D. Power and Associates, que coloca indefectiblemente a esta marca como la más atractiva del mercado; o el que publicó el prestigioso British Journal of Psychology, llegando a la conclusión de que las mujeres encuentran más atractivo a un hombre que conduce un coche caro.

Siguiendo con estudios extravagantes, el que realizó la web de compra venta de automóviles Carmony acuñaba en 2009 un nuevo término. Petrosexual: dícese de aquella persona que está obsesionada con su coche (Urban Dictionary). Según el estudio, esta gente elige su vehículo de forma concienzuda, dando mucha importancia al status que le concede y a cómo lo perciben los demás, y, lo que es más llamativo, ésta es una tendencia al alza.

Con todas las reticencias pertinentes demos el dato por bueno y sigamos describiendo a los conductores que se esconden detrás de los modelos más conocidos. Hablemos pues de los vehículos compactos. Tan pequeños, tan bien diseñados, tan… raros. Modelos como el Smart o el Honda Civic se han hecho relativamente populares en los últimos años, especialmente en las grandes ciudades, donde la falta de espacio obliga a apostar por un utilitario más compacto para que aparcar no lleve más tiempo que conducir. Deducimos por ello que el conductor de un vehículo compacto es un urbanita. Pero vayamos más allá y tiremos, una vez más, de estudios. El de la Universidad de California Davis asegura que son personas concienciadas con el medio ambiente y poco preocupadas por su status o su nivel social.

Más allá del modelo hay otros factores que nos ayudan a descubrir quién hay detrás del volante. Un coche blanco mate es más práctico, y generalmente más barato, que uno metalizado. Uno sucio dice muchas cosas, y la mayoría las escribirán los transeúntes en las lunas llenas de polvo. Por último un coche abollado dice también mucho, quizá lo más llamativo es que no tienes un buen seguro.