Los motores no hablan, rugen. El símil onomatopéyico no puede ser más acertado, cierto, pero hagamos un esfuerzo de abstracción y supongamos que hablaran. Este ejercicio de fantasía ya lo han llevado a cabo guionistas de Hollywood, con resultados como Cars o Herby. Pero supongamos que no es Disney quien está tras las cámaras sino un director costumbrista, digamos Fernando León. Si los motores hablaran tendrían una voz ronca y pedregosa, rota y gastada de recorrer el mundo. Nos echarían una bronca monumental y nos darían unos cuantos consejos. Y nadie sabe más de motor que un motor parlante, ni nadie sabe más de seguros de coche que Pelayo así que tomen nota y háganle caso. Esto es lo que nos diría nuestro motor si pudiera hablar.

–Buenos días humano
–¿Siri? ¿Qué haces en mi coche? No quiero nada. Apágate.
–No soy Siri soy tu motor, tú y yo tenemos que hablar.
–¿Eres Rayo Mc Queen? ¿Kit, el coche fantástico?
–No, aunque me tratas como si lo fuera. Tú tampoco eres Michael Knight, ¿sabes?
–Bueno, no tengo tiempo de cháchara, tengo que ir al trabajo corriendo, que llego tarde.
–Sí que tienes tiempo, tienes por lo menos un minuto hasta que me caliente. Acabo de despertarme y no estoy preparado para empezar a andar. Tu no sales corriendo de la cama nada más abrir un ojo, ¿verdad? Pues yo tampoco. Necesito desperezarme, que el aceite llegue a mi circuito y se caliente el motor. Si no lo haces me estás quitando esperanza de vida.
–¿Esperanza de vida? No sabía que los motores tuvierais de eso…
–Pues sí, no contamos la edad en años como vosotros los humanos, la contamos en kilómetros, o, lo que es lo mismo, en experiencias. Pero costumbres como la de encendernos y echar a andar con el motor frío nos resta kilómetros de vida. Tus errores son una amenaza para mi vida.
–No seas exagerado… ¿Pero qué estoy haciendo mal?
–Por dónde empezar… ¡Ah, sí! Hay algo que me tiene hasta las bujías. Pisas el embrague cuando estoy parado. Lo haces siempre, en atascos, en semáforos… Es muy molesto y me produce fricciones internas en el disco y en todas las piezas de alrededor.
–Nunca lo había pensado, pero bueno, los pedales están para pisarlos ¿no?
–Sí, pero con moderación. No hay que abusar del acelerador para proteger tu vida, y no hay que abusar del freno para proteger la mía. Esta ciudad está llena de cuestas largas y pronunciadas y ya empiezo a tener achaques por tu culpa, no sabes cómo bajar, abusas del freno y eso desgasta mi paciencia. Y mis discos de freno. ¿No podrías utilizar marchas cortas? Así mantendrías una baja velocidad y no me quemarías tanto.
–No sabía que las marchas pudieran hacer eso. Ya ves, el tema de las revoluciones y las marchas me tiene un poco perdido.
–A mí me lo vas a decir. Las revoluciones por minuto son el número de vueltas que dan mis ruedas en 60 segundos. Si pones una marcha alta y vas despacio iré a pocas revoluciones. Esto, humano insensato, te puede parecer algo bueno, pero no lo es. Cuando voy bajo de revoluciones tengo que hacer un esfuerzo extra. Esto para mis primos, los motores de gasolina, es un problema bastante grave. Pero yo soy diesel y para mí puede ser un error garrafal. Reduce mi vida en un 50%. Haz cuentas.
–Sí que tienes cosas que echarme en cara, no sabía que fueras tan sensible…
–No lo soy, eres tú que me maltratas. Por cierto y ya que estamos hablando sinceramente. Desde el respeto, deja de tocarme la palanca de cambios, no es un bastón ni un báculo de mago. Si no vas a cambiar de marcha déjala, en serio…
–Vale, no te gusta el contacto físico, lo pillo.
–No es solo eso. Cuando apoyas tu mano en la palanca de cambios mientras conduces me haces presión en mis mecanismos y mis cosas, me fastidias el engranaje y a la larga me vas a causar parkinson.
–Los coches no tienen parkinson.
–Bueno, eso lo veremos cuando empiece a temblar como una tartana.
–En fin lo siento mucho. Pero bueno, ya ha pasado un minuto, ¿puedo ir ya al trabajo?
–Vale, pero antes pasas por la gasolinera, que estoy en reserva y con menos de cinco litros no puedo proteger mi bomba de combustible. Así que no seas rata y echa más de diez euros, que cada vez que estás en reserva me resiento un poco más.
–Allá vamos pues. Te prometo que te voy a hacer caso en todo, ¿me prometes tú a cambio que nunca me vas a dejar tirado?
–No lo sé, me tienes muy quemado. Te prometo hacer lo que pueda, pero, por si acaso, te recomiendo contratar un seguro de coche en Pelayo, que me quedo más tranquilo.