Aunque el automóvil fue inventado en Alemania, si hay un país que relacionamos con este medio de transporte es Estados Unidos. Allí es donde se inventaron las cadenas de montaje de Ford, los Chevrolet, los Cadillac, el tuning… Y también los seguros de coche, creando ese tipo de contrato que compañías como Pelayo siguen usando hoy en día.

Fue en 1898, en Buffalo, Nueva York, el 1 de febrero, para más señas. El doctor Truman J. Martin recibió una cobertura de 10.000 dólares a cambio de una cuota de 11,25 dólares de la compañía Travelers Insurece Company of Hartford. Ajustado por la inflación, supondría unos 287 dólares por 255.000. Como modelo a la hora de redactar las condiciones se usó el del carruaje de caballos y cubría la responsabilidad civil en caso de que el coche chocase contra un jinete o un carruaje. Esto tiene sentido ya que, frente a los 4.000 coches que había en ese momento en aquel país, solo los caballos de granja suponían 18 millones.

Este contrato pudo ser pionero, pero en tres décadas se volvió terriblemente común. El modelo T de Ford, de 1914, cambió para siempre las carreteras, al llevar con sus bajos costes el automóvil a una nueva clase social. Cuando llegaba la década de los treinta, las vías de comunicación se parecían a lo que conocemos hoy. Ya no eran plácidos caminos sino peligrosas calzadas dominadas por la velocidad de los motores de explosión.

Se comenzó a obligar a los conductores a asegurar sus vehículos en 1927. El seguro se hizo algo tan común que un conductor podía estar asegurado para daños a terceros, coches, robo e incendio por bastante menos de lo que pagó el doctor Truman. Este, tras firmar su primera póliza, abrió una compañía de transporte en coche y fue de los primeros en aplicar este nuevo ingenio a los servicios postales. Pionero del seguro y del correo, todo en una sola persona.

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