Durante siglos, antes de la aparición de los ferrocarriles y los automóviles, las grandes infraestructuras para el transporte de mercancías eran los ríos. En el caso de España, por ejemplo, la elección de Madrid como capital contrasta con sus equivalentes europeas. Londres, París, Berlín, Roma… todas están próximas al mar o a un gran río, ya que el agua ofrecía el medio más barato y rápido para grandes cantidades de mercancías.

China, en el 3.000 antes de Cristo, ya conocía este potencial. Pero la necesidad de estar tranquilo con los transportes también existía entonces. Según los registros históricos, el control del riesgo, una ciencia que suena tan moderna, ya la practicaban los mercaderes chinos hace cinco milenios. Igual que los fenicios, como ya contábamos hace unos meses en este mismo blog.

Los granjeros chinos, como ahora, se dedicaban a cultivar sus granos y cereales. Los artesanos, a producir tejidos y bienes. Pero lógicamente debían llegar a las urbes y los mercados a vender su producto, y de eso se encargaban los comerciantes.

Para ello tenían que lidiar con los largos y peligrosos ríos de China, donde los botes de transporte podían hundirse, las productos perderse y los pobres mercaderes enfrentarse a la ruina económica. Así que estos hicieron suyo el famoso dicho de “no poner todos los huevos en la misma cesta”, solo que en este caso las canastas eran los barcos.

Para ello formaron agrupaciones de diferentes tipos de comerciantes que se ponían en común para fletar los barcos. Luego, cada una de esas naves era llenada con una mezcla de las mercancías de cada uno de los asociados. Un poco de comida, un poco de tela, un poco de cerámica…en lugar de concentrar toda la mercancía de cada uno de ellos en un solo bote. Cuando el accidente ocurría, y esto era algo inevitable, cada mercader perdía solo un poco de su comercio, evitando la bancarrota.

Una forma primitiva de asegurar la mercancía, de calmar la ansiedad de los comerciantes. ¿Para que sirve si no un seguro? Los de Pelayo siguen esa misma filosofía, miles de años después.