Los fenicios fueron un pueblo de marineros y colonizadores, muy relacionado con los seguros. Originarios de una zona hoy repartida entre Israel, Siria y Líbano, el escaso poder productivo de su suelo les llevó a establecer un imperio comercial por todo el Mediterráneo. En sus naves surcaron el MareNostrum, estableciendo colonias a lo largo de sus escalas, creando una civilización que fue desde su lugar natal hasta Cádiz, una ciudad que fundaron bajo el nombre de Gadir.

Pero la navegación es traicionera. El mar estaba lleno de peligros, tanto humanos –piratas y otras civilizaciones que podían buscar hacerse con el valioso cargamento que transportaban sus barcos– como fenómenos atmosféricos –tormentas y marejadas causaban naufragios–. ¿Cómo protegerse frente a esto? ¿Cómo no perder la fuerte inversión que suponía botar un navío y su carga comercial? Ese era un gran problema para las expediciones comerciales.

Así que, un grupo avispado, dio con la solución, creando las primeras casas de seguros. La técnica en cuestión es lo que se llamaba préstamo a la gruesa. Este consistía, según la tesis Análisis jurídico de la intermediación del contrato de seguro, en “un contrato por el cual una persona presta a otra cierta cantidad de objetos expuestos a riesgos marítimos bajo la condición de que, pereciendo esos objetos, devuelva el tomador la suma con un premio estipulado”. El capitán o el naviero que tomaba este préstamo condicionaba su reembolso al buen éxito de la operación comercial.

Organizados en empresas, estas pioneras casas de seguros, corredurías como las que hoy tiene Pelayo, daban la posibilidad a los barcos mercantes de asegurar de forma rudimentaria sus mercancías, permitiendo cubrirse las espaldas. Eso sí, el precio era caro, siendo común hasta un 15% de interés. Una forma primitiva de prima, para una forma primitiva de seguro.