Fraudes. Hablemos del elefante en la habitación.

Hay gente que intenta engañar, estafar, defraudar… a las aseguradoras. La idea es usar las cláusulas de los contratos de manera fraudulenta, haciendo que las compañías aseguradoras abonen las primas por eventos que nunca han ocurrido o han sido provocados. ¿El ejemplo perfecto? Yo y mi primo nos ponemos de acuerdo y simulamos accidentes de tráfico, cobrando indemnizaciones.

Para luchar contra esto, la asociación ICEA (Investigación Cooperativa entre Entidades Aseguradoras y Fondos de Pensiones), que agrupa al 95% del sector, organiza todos los años un concurso de investigación del fraude contra el seguro. Este año llega a su vigésimo primera edición, por lo que a lo largo de su historia hay estafas para todos los gustos y colores. En 2011, Pelayo ganó el primer premio por su investigación de un fraude masivo.

Sus investigaciones llegaron a detectar una trama que había organizado más de 100 siniestros, afectando a 15 empresas aseguradoras. En el engaño no solo estaban involucrados los accidentados, sino también una red de abogados, talleres y clínicas que contribuían con la documentación necesaria para los cobros. ¿Qué detalle fue el que los delató? La sistemización. Todos los accidentes seguían los mismos patrones, así como la nacionalidad común de los siniestrados y las mismas lesiones, principalmente el indemostrable latigazo cervical.

Ese año, Pelayo también ganó el tercer premio en la categoría de Autos. En este caso fue un vehículo que se incendió y del que hubo la sospecha de que el seguro fue contratado a posteriori. En este caso, lo que le fallo al defraudador fue su excesiva precisión. En el parte apuntó “combustión de llama”, un término técnico usado en los contratos.

Según los datos de ICEA, las empresas se gastaron en 2013 10,5 millones en detectar el fraude. Con ello lograron ahorrar 412 millones de euros. Que, en el caso de Pelayo, destinamos a dar un mejor servicio a nuestros asegurados, que son honestos y no hacen trampa en su inmensa mayoría.