Algunas de las secuencias más alabadas del cine se han rodado libres de efectos especiales, pero no de peligros

Aunque nos pueda parecer mentira, no hace tanto tiempo que los efectos especiales en las películas eran precisamente eso, especiales. No la norma, como podríamos deducir echando un vistazo a la cartelera actual. El papel de los dobles, de los especialistas que suplían al actor principal en escenas de riesgo, era imprescindible. Como lo es ahora, aunque cada vez se eche más mano de recursos informáticos.

Esta dedicación lleva impregnado un extra de inseguridad que ha llevado a decenas de profesionales a jugarse la vida con tal de conseguir que el cine no dejara de ser el espectáculo más grande del mundo; profesionales que hubieran hecho muy bien en contratar un buen seguro de vida en Pelayo antes de pasar a la acción.

Se recuerdan secuencias legendarias de cine en blanco y negro donde los protagonistas atraviesan riscos o encadenan persecuciones en paisajes reproducidos generalmente en platós de Los Angeles. La llegada del color trajo una mayor ambición por el realismo y la acción. En este terreno, hay dos filmes cuyo título parece una premonición de lo que sería su rodaje.

Uno es La Aventura del Poseidón, dirigido en 1972 por Ronald Neame y con gran éxito comercial. Las consecuencias de la tormenta que sorprende al barco del título en alta mar es que los pasajeros tienen que abandonarlo de cualquier forma, ante lo que seguro se convertiría en una muerte agónica. Una de las huidas responde a un salto de más de doce metros sobre un cristal lateral del barco. Nadie se atrevía a hacerlo y fue el productor quien decidió ofrecer 1.000 dólares al voluntario. Acudió un dependiente de gasolinera que, a pesar del airbag situado estratégicamente para amortiguar la caída, se rompió varios huesos y estuvo al borde de quedarse tetrapléjico.

Otra anécdota (por llamarla de alguna manera), de alguien que tendría contratado un buen seguro de vida, cargaba con el mal fario del nombre elegido para la película. Máximo riesgo, con tres nominaciones al Oscar en 1993 y un Sylvester Stallone resarcido de su papel de Rocky Balboa, proponía un seguimiento a un alpinista retirado que vuelve al tajo para salvar a los tripulantes de un avión secuestrado por una banda criminal. Una de las secuencias fundamentales es aquella en la que uno de los asaltantes huye saltando en marcha a otra aeronave. Se rodó sin trucos y el actor de doblaje realizó el brinco siguiendo el guión, deslizándose en marcha por un cable. En el impulso final, chocó contra el casco de la otra nave y se cayó al vacío. Por suerte, no perdió el conocimiento y pudo abrir el paracaídas en marcha, lo que le salvó de un final oscuro.

También hay muchos ejemplos de actores que han tenido que rodar escenas peligrosas sin trampas ni cartón. Dentro de ellos, ha habido resultados magníficos y también desagradables, como la supuesta bala real que impactó en la cabeza del actor Brandon Lee rodando El Cuervo, en 1993. Nadie dudó entonces, como nadie lo hace ahora, del milagro que es el cine y de cómo el entretenimiento conlleva situaciones arriesgadas, incluso mortales.