Los primeros exploradores de la Antártida aguantaron 500 días a 50 grados bajo cero. Lo hicieron sin brújula ni seguro.

“¿Qué epíteto se puede añadir a mi nombre?”, se pregunta la Señora Locura en el elogio que le dedicó Erasmo de Rotterdam. Corría el 1511 y el texto, conocido en principio como Encomio de la Estulticia, se convirtió en todo un reclamo a favor del valor y el ingenio. En un manifiesto al que acudir en estos tiempos de deriva.

Un ensayo al que podríamos acercarnos hoy con el mismo interés que despertó en su época, pero también con la distancia y los ejemplos que nos ha dejado el ser humano a lo largo de todos estos años. Uno de ellos es la hazaña llevada a cabo por el explorador inglés Ernest Shackleton (1874-1922) a principios del siglo pasado. De haberlo sabido, y haber podido, habría contratado sin dudar un seguro de vida con Pelayo, en previsión de lo que vendría después.

La cosa empezó como quien monta un grupo de música, con un anuncio en el periódico: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Eso decía el reclamo publicado el 19 de abril de 1913 en el Times de Londres.

Y no engañaba. Las penurias superarían a las alegrías. Aun así, más de 5.000 personas acudieron a la cita. De estas, tres eran mujeres. Y el número final de elegidos, sin ninguna de ellas, 27. Casi tres decenas de personas que partieron en agosto de 1914 en el buque Endurance con el objetivo de atravesar de costa a costa la Antártida.

¿Qué ocurrió? Pues que pasaron 500 días a 50 grados bajo cero. Desde Plymouth a Buenos Aires y desde allí al sur, donde comenzaron la verdadera odisea. El Endurance no duró tanto como tenían previsto, y los bloques de hielo acabaron casi desde el principio con él. Los ánimos de la gente, tampoco. Dos años más tarde, hasta el rescate en Isla Elefante de 1916, sólo aguantaron 22 supervivientes. Entre medias, horas luchando contra el frío, de caminatas interminables y de una improbable gesta que acabó con una bienvenida en medio de la Primera Guerra Mundial.

El honor y el reconocimiento del equipo se hicieron realidad y sus nombres pasaron a la Historia. La Expedición Imperial Transantártida y todos los relatos en torno a ella nos permiten ahora leer a Erasmo como un mero cronista del motor que ha engrasado nuestra sociedad desde su nacimiento. Y a la odisea de Shackleton como un verdadero Elogio a la Locura sin seguro, sin miedo y sin epítetos que redondeen el significado de esa “privación del juicio o el uso de la razón”, según la primera acepción de este concepto para la Real Academia de la Lengua.