El fotógrafo Javier Arcenillas siempre se asegura de que los reveses que conlleva su actividad no pasen a mayores gracias a un buen seguro de viajes y de salud
Ni su trabajo ni su vida están garantizados. El primero, porque depende de cosas tan imprevistas como un accidente, una enfermedad o un asesinato. Lo segundo, porque igual que el objeto de sus instantáneas, puede ser él mismo el cuerpo de la noticia. Javier Arcenillas (Bilbao, 1973) es fotógrafo. Pero su lente no sólo enfoca a algunas de las personalidades más reconocidas de la cultura o el espectáculo, sino también a aquellos seres humanos repartidos por el globo que sufren pandemias o la injusticia de vivir bajo la dictadura de las armas.

Es el caso de Honduras. A este país centroamericano acude Javier Arcenillas cada vez que puede para registrar cómo rigen las leyes al son de la droga y su tráfico. Sus reportajes de sucesos o “nota roja”, como él los llama según la nomenclatura de la zona, hacen que cuente con muchas precauciones. Antes, durante y después, cuando ya ha desempacado todo el material en su casa del norte de Madrid. “El seguro para los billetes de avión es imprescindible, porque los compro con mucha antelación y se puede interponer un trabajo o una enfermedad. Además, son tiques de una cantidad importante como para perderlos por lo poco que sale evitarlo”, explica.

“El segundo seguro obligatorio es el sanitario. Tengo uno internacional que me cubre emergencias graves en cualquier parte del mundo que tenga convenio. No sirve para las dolencias comunes, como una fiebre o un resfriado, pero sí para cubrir los gastos de un ingreso”, continúa quien ha pasado por, al menos, dos situaciones comprometidas. Una fue en un pueblo de Nicaragua. Un pescado en mal estado le hizo creer que tenía apendicitis. La solución, un lavado de estómago y cinco días en el hospital. “Habría sido mucho dinero porque allí se paga todo”, resume. Otra vez fue su maña a la hora de intentar arreglar un ventilador en Calcuta lo que le jugó una mala pasada y le hizo acabar con el brazo en cabestrillo. “Si viajo, desde luego voy con seguro de salud para poder optar a ambulancia o una habitación en centro médico”, concede.

Aparte de esas precauciones, el fotógrafo -que ha visitado campos de refugiados, aldeas con epidemias o países bajo asedio como Sierra Leona, Palestina, Bangladesh, Myanmar o casi toda Sudamérica junto a organizaciones como Médicos Sin Fronteras, Médicos del Mundo o Cruz Roja Internacional- se preocupa por su propio futuro. En casos de inseguridad extrema -como Ciudad Juárez, donde retrató sicarios- aboga por un seguro de vida. “En caso de muerte, pagan transporte y gestiones; y mi hija podría tener una indemnización”, piensa. “A nadie le gusta tenerlo que comprar, pero también hay que tenerlo en cuenta”, concluye.