El voluntario más longevo de Madrid, de 96 años, ha sido un emprendedor toda su vida. Sus negocios y viajes se han supeditado “obligatoriamente” a los seguros.

Afirma que, en sus tiempos, todo estaba “a la buena de Dios”. Y cuando habla de esa “otra época” no lo hace en balde: Eduardo Berzosa ha dejado atrás varias generaciones. A sus 96 años, es el voluntario más longevo de la Comunidad de Madrid y en el transcurso de sus días no ha dejado de fluir el alma de emprendedor que lo llevó a trabajar 30 años en una tienda de deportes o a implantar el alquiler de tiendas de campaña por todo el territorio español.

En esa cuenta por decenas en la que que parece dividirse el armario de su memoria, Eduardo Berzosa (Madrid, 1919) tiene tiempo para recordar cómo “existían los seguros, pero no estaban tan arraigados. No se utilizaban tanto. Parecían cosa de los americanos, donde un autor se aseguraba las cejas para escribir o un pianista los dedos, por si acaso”. De carácter anárquico e “irregularizado”, el voluntario -calificado como jubilado por la Seguridad Social, pero más activo que muchos asalariados- reconoce que su relación con el mundo de los seguros ha sido tangencial. “He tenido los forzados, los que estaban incluidos o eran obligatorios”, admite.

¿Y cuáles han sido los imprescindibles? “Pues los de las pistas cuando empecé a esquiar o los del coche para circular”, reflexiona haciendo memoria. Su “insubordinación ante cualquier horario o régimen de actividades” no le ha impedido, sin embargo, regentar más de un local dedicado a los artículos de montaña. Durante esta dedicación profesional, Eduardo Berzosa tiraba de la fianza, una palabra que escondía entre su significado los conceptos de confianza, prudencia o cuidado. “Antes se funcionaba con el dinero al contado que se tenía. Para los casos de alquiler, como el de las tiendas de campaña, se dejaba una cantidad que cubría el coste del producto y después se devolvía entero o la parte correspondiente en el caso de algún desperfecto”, explica.

“Se necesita el seguro de circulación y el de trabajo para empleados”, dice a modo de retahíla comercial a la que él no le presta mucha atención. “También tengo un seguro de vida”, recuerda desde el Banco de Alimentos, donde se apuntó a los 76 años y acude religiosamente como acción social. “Ahora los seguros son algo muy común”, concluye, “pero antes se tenía la sensación de que sólo los tenía la gente de fuera”.