En nuestros desplazamientos rutinarios, en nuestras actividades de ocio o en nuestras horas laborales solemos primar el bienestar físico y mental. Hay quien recurre puntualmente a dosis intensas de adrenalina y quien quiere vivir a lo loco, qué duda cabe, pero las estadísticas muestran que una de las principales preocupaciones de las personas es la seguridad suya y de su familia y allegados. La misma prioridad que establece desde sus orígenes  Pelayo.

Cada año aparecen multitud de listas sobre los lugares más o menos seguros del planeta. Algunas se refieren a la posibilidad de desastres naturales como seísmos, sequías o huracanes. Otras, a la tasa de homicidios anuales. Incluso están las que, bajo el epígrafe de ‘lugar’, se acercan a los edificios más protegidos del planeta.

Las que contemplan la integridad individual suelen dar como resultado que los países nórdicos como Noruega, Suecia o Islandia, son los más seguros. Puede que la conjunción de valores como la educación, el civismo o el clima favorezcan el abono donde germina una sociedad pacífica y sana.

Como contrapunto, es curioso cómo las listas que se refieren a las instalaciones más vigiladas viran hacia el continente americano. Allí, con Estados Unidos al mando, la confidencialidad, el temor o la prudencia convierten sus instalaciones oficiales en búnkeres contra intrusos o enemigos. Está la reserva de oro Fort Knox, en Kentucky; el complejo militar de defensa aeroespacial de Cheyenne; o el espacio secreto de aviación conocido como Área 51, en el desierto de Nevada, donde hay un perímetro con más cámaras de seguridad que todos los estadios de fútbol españoles.

Que estos inmuebles resguarden información confidencial como si de una guerra se tratase no es nuevo. Empezó en las fortalezas medievales y se extremó durante la Guerra Fría. Llama la atención, sin embargo, que el mayor depredador de la tierra (el hombre) tome unas precauciones semejantes para salvaguardar la flora mundial. Lo hace en el archipiélago de Svalbard, en Noruega. En esta localización tan remota -más cercana a la imaginada por el cineasta Jean Pierre Jeunet en la película ‘La ciudad de los niños perdidos’ que a algo real- se cuidan las semillas de todas y cada una de las plantas conocidas del planeta. Un duplicado de cada especie bajo un búnker con forma de bóveda es la clave, según afirman, de “garantizar la diversidad de cultivos”. Hablamos de 300.000 euros anuales de gasto que, más que una obsesión extravagante de un gobierno despilfarrador, podrían ser la inversión de la que depende nuestro futuro.