El mundo del cine y el de los seguros parecen ser antitéticos. En el primero uno se imagina luces, cámara, acción y un ambiente de magia, romance, chispas. El segundo es a donde condenaban a Míster Increíble cuando deja su trabajo superheróico y trata de llevar una vida normal. Pero, como demuestra este último ejemplo, ambas esferas se tocan mucho más de lo que podríamos pensar.

Woody Allen, en La Maldición del Escorpión de Jade, hace de investigador de una compañía de seguros que usa sus habilidades para perpetrar un robo bajo la influencia de un malvado hipnotizador. En El apartamento, de Billy Wilder, Jack Lemmon es un empleado de una gran compañía que cede a sus jefes su vivienda para que lleven a sus amantes. Incluso Jim Carrey, en El Show de Truman, vende seguros.

Pero hay otras películas donde los seguros forman una parte fundamental de la trama. El Secreto de Thomas Crown, protagonizada por Pierce Brosnan, tiene como eje de la trama el robo de un Monet y la investigación de las agencias de seguros en torno al mismo. Lo mismo pasa en Un plan brillante, con Michael Caine y Demi Moore, donde el argumento también es la investigación en torno a un robo.

En otros metrajes, los hombres del seguro son como una especie de ángeles salvadores. En Lo Imposible, de Bayona, un trabajador de su compañía les asegura, en el momento final de la película, que todo va a ir bien, mientras que en Capitán Philips, los piratas somalíes le preguntan varias veces a Tom Hanks que cuándo van a llegar los hombres del seguro con los maletines.

No son las únicas. Prueba de vida, Os declaro marido y marido, En Bandeja de Plata, Perdición… son otros ejemplos. Cada una con su visión del mundo del seguro.

Pero de todas sales con una idea muy clara: mejor estar bien asegurado, con Pelayo, y dejar la tensión y los sustos para el celuloide.