Tu madre y tú, o tú y tu madre, como prefieras. La seguridad hecha brazos, regazo, sonrisas. ¿No te parece insuficiente que solo haya un Día de la Madre para recompensar todos los días que ella te ha dedicado sin esperar nada a cambio?

Erich Fromm en su libro El arte de amar ya lo deja bien claro: el amor de un padre depende del comportamiento de los hijos, pero el de una madre es incondicional. Y seguro. No hay ningún sentimiento más sólido, ningún lazo tan fuerte, a pesar de que la razón no interviene, o precisamente por eso.

¿Recuerdas la última palabra que gritaban los hombres en el campo de batalla, en Salvar al soldado Ryan? Pues sí: “¡Mamá!” Y eran tipos duros, que lo habían visto todo, o eso creían.
Sigamos con otra película, el clásico Alien. La nave espacial estaba controlada y protegida por un ordenador que se llamaba precisamente… Mother. ¿Cuántos años tenías cuando la viste por primera vez?

Ahora ha pasado el tiempo, y tus recuerdos más confortables están relacionados con ese calor que solo sus brazos podían ofrecerte, ya que bajo su protección nada malo podía pasarte.

Es probable que no lo recuerdes (en realidad todavía no habías nacido) pero allí se estaba tan calentito, tan seguro, tan protegido… escuchabas sonidos del exterior, que llegaban amortiguados a tus orejas diminutas. A veces incluso música, aunque todavía no sabías lo que significaba, y no tenías una opinión formada respecto a si preferías a los Beatles o a los Rolling…

El momento crítico, cuando viste la luz, y a toda esa gente con batas verdes y mascarillas, se produjo cuando alguien cortó ese cordón que salía de tu ombligo y que te había proporcionado tantas ventajas. Te depositaron con cuidado en los brazos de tu madre, que lloraba (o reía, no sabrías precisarlo), mientras te acariciaba y descubría tu pequeño cuerpecito. Buscaste su calor y tu primer desayuno, y ahí se selló un pacto que ya nada ni nadie podría romper jamás.

Años más tarde compartirías con ella otros desayunos y meriendas y cenas… y tu pecho sería de cristal ante sus ojos, nada escapaba a su mirada, y tus desengaños amorosos, o tus crisis adolescentes o cualquier otra turbulencia del alma sería inmediatamente detectada por su radar maternal. Y aplicaría sobre tus heridas invisibles toda esa seguridad y cariño que te han protegido incluso cuando tú no eras consciente de ello.

Desde Pelayo queremos darles las gracias a todas y, aunque nos empeñamos en hacerlo tan bien como ellas, sabemos que es imposible, pues no hay mejor seguro que el de una madre.