Seguramente te has fijado. En las fachadas de algunos edificios antiguos, en azulejo o placa metálica sobre la puerta principal, aparece el mensaje Asegurada de Incendios, indicando que en caso de fuego destructor, esa vivienda estaba cubierta. Hay que tener en cuenta que antes, con las casas hechas prácticamente enteras de madera y sin un cuerpo de bomberos eficaz, un incendio podía acabar con la mitad de una ciudad. Eso fue justo lo que pasó en el año 1666 en Londres, dando origen a las primeras compañías de seguros de incendios.

Fue en una panadería de Pudding Lane, el 2 de septiembre, donde comenzó el fuego. El fuerte viento y la lentitud de las autoridades, cuya mejor técnica anti-incendios solía ser derruir los edificios colindantes, llevaron a un desastre de tres días que acabó con unas 13.000 casas, más de 80 iglesias, cárceles, el ayuntamiento… hasta la catedral de Saint Paul. Una hecatombe.

En este contexto aparece Nicholas Barbon, un rico inglés que se vinculó con la reconstrucción de los barrios llegando a poner 200.000 libras de la época, unos 22,8 millones al cambio actual, en nuevos edificios y viviendas. Cuando la ciudad ya estaba más o menos recuperada, Barbon empezó a temer por sus inversiones. ¿Y si el fuego volvía? Otro incendio era posible y esta vez no lo perderían todo solo los ciudadanos, sino también él.

Así que en 1680 fundó la Fire Office, la primera compañía privada para protegerse del riesgo de los incendios. Sus pólizas cubrían a los propietarios de los edificios y viviendas que pudieran ser afectados por el fuego y su organización era ágil, y rápida, con facilidades para las clases medias. Rebautizada como Phoenix Office en 1705, se considera la primera comercializadora de seguros de incendios, y a Barbon se le apodó como el padre de este tipo de contratos. Un camino que hoy empresas como Pelayo siguen, entre las llamas, transitando.