Benjamin Franklin es uno de los grandes de Estados Unidos. Considerado padre fundador del país, además de ayudar a escribir la Constitución y ser uno de sus primeros firmantes, dedicó mucho tiempo a la investigación científica y uno de sus inventos aún se usa hoy en día: el pararrayos. Pero una faceta más desconocida de este prohombre es la de promotor del seguro.

Su conversión vino en 1730, cuando un terrible incendio parecido al de Londres asoló uno de los muelles más conocidos de Filadelfia. Todas los almacenes ardieron y el fuego se contagió a las calles cercanas, quemando más edificios. Las técnicas antiincendios estaban en pañales y los daños fueron valorados en miles y miles de libras. En su periódico, Franklin comentó que era necesario construir instituciones y milicias semiprofesionales para combatir este enemigo. Y fundó la Union Fire Company, los primeros bomberos voluntarios del Estado.

En 1751, su compañía se reunió con otras dedicadas a lo mismo y decidieron, todas juntas, formar la primera compañía aseguradora en las colonias, la hiladelphia Contributionship. En principio, sobre 70 estadounideses se unieron, paganado una cuota para asegurar sus propiedades. Todos acordaron pagar lo mismo, que sería ingresado en un fondo común del que se sacaría dinero en caso de alguna desgracia.

Estas primeras pólizas tenían una duración de siete años. Cuando este periodo pasaba, el dinero volvía a las manos del asegurado, que podía escoger si volvía a suscribirla o no. En el primer año de operaciones, la compañía de Frankiln logró asegurar a 143 personas, pero irónicamente no se produjo un solo incentido en esos 12 meses.

Pero la actividad de Franklin no se limitó a los incendios. A lo largo de su vida, ya convertido en un ciudadano mítico, impulsó seguros de vida, de viudedad, para huérfanos, para los cultivos… tantos, tantos, que algunos lo apodan el Ben-Efactor de los seguros en Estados Unidos.